” Hi ha un abans i un després per la garnatxa blanca amb Joan Àngel LLiberia, és qui ha fet més per convertir-la en un vi de culte.”

                                                                                               José Peñín, Septiembre 2019.

 

El mago de la blanca garnacha

VIÑEDOS Y BODEGAS / Joan Angel Llibería rescata esta gran casta

Joan Angel Llibería, en sus viñas.

Siempre me ha gustado contar historias de lugares ocultos, zonas vinícolas desconocidas y de sus gentes. Me viene de mis primeros años en la profesión buscando vinos desconocidos de tierras aún más inexploradas que las de hoy. En los últimos 15 años enómanos y comunicadores nos hemos entregado a los encantos del vino blanco de perfil mediterráneo. Un vino alejado del modelo septentrional-atlántico que antes defendíamos como único recurso y que durante bastantes años producía el Penedés.

La desapercibida y muy española garnacha blanca, comparsa de muchas mezclas, es la mejor referencia cuando se dejó de pensar que su vino se oxidaba en la crianza. La redescubrí en su más exacta dimensión desde hace poco más de seis años. Mi flechazo se produjo en la Terra Alta con Edetària 2005, un vino que para mí supuso la verdadera tarjeta de identidad del blanco español de uva tardía ideal para los calores peninsulares. Me fijé en que no dependía sólo de la casta sino de la elaboración y también del suelo. Un suelo de ‘panal’ (una estratificación de arena y limo principalmente) que le da carácter y también el territorio con el contraste entre la calentura del sol y de la frescura marítima del Garbí. Un sabor de fuerza y carácter como vino del sur sin parangón en otras zonas de España e incluso en otros países. Un vino capaz de envejecer con aromas de hierbas, retama y sobre todo con el característico rasgo de hidrocarburo y cedro, tan frecuente en los grandes blancos de riesling europeos. Un blanco que al cabo de inco años en botella es el que más cambia el perfil frutal por otro reductivo. Un milagro de una zona como Terra Alta aún sin la bendición mediática.

Siguiendo la máxima del filósofo John Locke cuando dijo que ningún conocimiento en el hombre puede ir más allá de su experiencia, en los años 70 recorrí la Terra Alta de esa Cataluña profunda e inclemente del payés, el carromato y, en el mejor de los casos, el tractor renqueante. Bodegas que olían entre la rancia caramelización de las duelas de los bocoyes y el tufo a cemento de mil vendimias que reinaba en las cooperativas. Era el rincón más desventurado en cuanto a vinos de calidad. Un territorio que era la trastienda de Tarragona. Esa Tarragona elevada que limita con el Maestrazgo y los escarpados de Teruel, con vinos con más temple aragonés que catalán. En aquel periplo de explorador de primicias no encontré ningún vino, ya sea blanco o tinto, digno y que pudiera deslumbrar a mis socios de un club de venta de vinos por correo que regentaba por aquel entonces.

En el año 1978 el 90% del vino de DO Gandesa-Terra Alta (así se denominaba entonces) estaba en manos de las cooperativas. Sólo dos bodegas, las de Vicente Ferrer Benavent y José Valls Hornet, embotellaban para venta local. El municipio de Gandesa, con la mayor extensión de viñedo de la DO, contaba con 2.454 hectáreas de garnacha blanca, 262 de Cariñena y 366 de macabeo con un total de 13.000 hectáreas (el doble de su actual superficie), la segunda en producción después de la Denominación Tarragona Campo.

En la Cataluña de aquellos años, la uva blanca para el cava ocupaba el 80% del viñedo. El espumoso se surtía en gran parte de las viñas de Penedés, Tarragona Campo y Conca de Barberá. Salvo en Alella, ya en declive, el vino blanco tranquilo brillaba por su ausencia y los pocos que lo embotellaban procedían de algún excedente de la vinificación para el cava que, como todo el mundo sabe, son uvas de vendimia precoz dando unos vinos ligeros, sin sustancia y tan ácidos como los gallegos.

¿Cómo es posible que Terra Alta, con predominio de las variedades blancas, no fuera también proveedor significativo de materia prima para los cavistas? Porque se decía que la garnacha blanca no era la adecuada para el cava. Entonces, ¿para que servían estos vinos blancos cuando era más rentable la producción de tintos? La garnacha blanca realmente era un comodín tanto para una minoría de vinos rancios o para mezclar con tintos siguiendo el patrón nacional de combinar estos dos colores para vinos comerciales.

En 1990 quién mandaba en la zona era Pedro Rovira, luchador incansable para situar a la DO en el mapa del vino en botella y marca. Con su filosofía de grandes volúmenes de tintos adquiridos a las cooperativas a bajo precio, era difícil alcanzar su propósito. Le seguía la Cooperativa Agrícola Gandesa que tenía a su disposición nada menos que 1.200 hectáreas de viñedo y que apenas llegó a envasar algunas botellas de la marca Gandesa Especial. Aquellos pocos blancos de garnacha eran de color amarillo ámbar, alcohólicos para lo que se estilaba en aquellos años, bajos de acidez y reflejo de las mediocridades de las cooperativas. Se tenía la creencia de que se oxidaba, por lo que era necesario mezclarla con macabeo.

El embrujo de la blanca garnacha

Cuando recorrí el Ródano en 1986 comencé a interesarme por esta casta al saber que era la casta “secreta” del coctel varietal de los tintos de Châteauneuf-du-Pape. Probé en Château Rayas un blanco de garnacha de un depósito con un acusado terruño, de hierbas secas de monte, algo más ácido, con cierta personalidad pero siempre con el acento francés. Me interesaba por aquello de los ancestros españoles de esta cepa. A la familia Reynaud no le hacía mucha gracia que probara un vino cuyo destino se juntaría con el batiburrillo de cepas que conforman los tintos de esta célebre “appellation”, porque también ellos decían que un vino sólo con esta uva resultaba pesado y que se oxidaba rápido.

Las referencias más claras en España estaban en el Priorat y Terra Alta pero mezcladas con macabeo y algo de pedro ximénez.

La garnacha blanca ha sido el furgón de cola de la viticultura española incluso en Cataluña. En cualquier zona podría aparecer alguna cepa perdida entre otras. Su papel era minoritario en los ensamblajes finos de Rioja y Cataluña y en los cupages ordinarios con tintos en los graneles vendidos a gran número de bodegas industriales catalanas. La garnacha blanca se miraba mejor cuándo envejecía en tonel para vino generoso.

Ya a comienzos del siglo actual existía cierta prevención con la garnacha blanca como vino monovarietal. Los escasos vinos de esta cepa pecaban de evolucionados y por lo tanto faltos de carácter. Todos los productores catalanes se aseguraban la frescura mezclándola con macabeo o viognier, lo que anulaba su carácter varietal típicamente mediterráneo. Sin entrar en las cooperativas, ni en Bàrbara Forés ni en Vinos Piñol encontré algún blanco con esta variedad que mereciera la pena, obsesionadas como estaban con el retrato de vino atlántico, de grado moderado, fresco, frutal y ácido que naturalmente no le corresponde a la garnacha blanca. Además la mayoría de las bodegas estaban enfrascadas en los tintos vía cabernet, syrah, tempranillo y merlot, ya que el peso del Penedés con sus blancos era muy fuerte. Si algo me llamó la atención fue la variedad morenillo, que orgullosamente exhibía Vinos Piñol.

Siempre tuve la curiosidad de saber el porqué de que una zona extrema liderara el mayor viñedo de garnacha blanca del mundo. Algún embrujo debía imponer el territorio. Sin embargo, mi primer contacto con presencia mayoritaria de esta casta fue en el Priorat con el Nelin de René Barbier. Un maravilloso blanco que, por acción de la llicorella, viñas viejas, la sabiduría de René pero sin ser monovarietal, no me marcaba el verdadero carácter diferencial de una variedad capaz de derrochar carácter cuando se vinifica sola.

La experiencia de muchos oficios

Lo que no sabía era que el propietario de Edetaria era Joan Angel Llibería. El mismo que conocí a finales de los 80 cuándo era el máximo responsable de una empresa de distribución, propiedad de Manuel Raventós i Negre. Trajeado, con el pelo recortado, joven ejecutivo y con ganas de comerse el mundo, fichó por la Cité Mondiale du Vin de Burdeos como responsable para España y Portugal de esa institución. Allí pudo relacionarse con los grupos bodegueros españoles más eminentes como Torres, Codorníu Freixenet, Gonzalez Byass, la multinacional portuguesa Sogrape y Bodegas y Bebidas. Tanto gusto le sacó al marketing y comercialización que intentó explorar otros campos como el del café en la empresa Marcilla, primero como jefe de ventas y después como director de marketing y, para terminar, se metió en el mundo del automóvil con el mismo nivel de responsabilidad. Todo ello le permitió adquirir una experiencia que sería crucial en su devenir en el vino en el ámbito de imagen de marca y promoción que tan escaso estaba y sigue estando el sector del vino.

En medio de una viña construyó la bodega en 2003 a pocos kilómetros de Gandesa. En su estrategia no podía contar con el beneficio colectivo de una Denominación de Origen, desconocida en los mercados exteriores y sin prestigio en el nacional y por lo tanto con un horizonte de marca lleno de nubarrones. Su aventura vinícola debía ir precedida con discreción y humildad a sabiendas de que la tarjeta de presentación de la zona no auguraba éxitos comerciales.

Joan Ángel es el perfecto encuadre de lo que debe ser hoy un bodeguero de este siglo. Un bodeguero culto, con estudios de agronomía, enología, dirección de empresas, marketing, idiomas y voluntad de viajar para vender el género. Hace tiempo que me di cuenta de que los que hacen los mejores vinos no son enólogos de escuela y laboratorio, sino aquellos que, más allá de la técnica, utilizan el raciocinio y sentido común que, por su curiosidad más que por un deber, abarcan todas las esquinas de la vitivinicultura mundial. Ejemplos como Álvaro Palacios, Telmo Rodriguez, Mariano García, Raúl Perez, entre otros, lo confirman.

Hoy ha instalado su marca Edetària La Terrenal 2016 en la cúspide de los vinos blancos catalanes obteniendo los primeros puestos en las guías y críticas. Nada menos que 96 puntos en la que lleva mi apellido como la mejor garnacha blanca de España y exportando la mayoría de su producción. Para algo habrá servido su gran número de oficios.

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